¿Qué estás mirando?
Ahora hay que reacomodar todo: ese desastre organizado que se fue colocando a lo largo de los años
Lo único bueno de todo este desorden es que, como de la nada, apareció el libro de Gompertz que daba por perdido, en el mejor de los casos –en el peor, el libro no había sido devuelto tras la imprudencia de haberlo prestado; ya hasta tenía un sospechoso de tan inconfesable librocinio.
Todo comenzó, como toda las tragedias –las pequeñas o las cósmicas–, con el canto de una sirena:
–Yo le pinto estas dos estancias, en dos patadas. Me traigo a mi gente y ya verá que en una semana, o menos, bajamos los cuadros, movemos los libreros, pintamos y le dejamos todo como estaba.
La verdad es que era urgente. Humedades, el desgaste del color, la circunstancia de que esas estancias habían sido pintadas por última vez hace más de tres lustros; tiempo en que se colocaron los libreros, los libros, los muebles del salón, mesas, canastos africanos por doquier, un par de alfombras, cuadros en los muros ya sin resquicio para colgar nada.
No es que tenga un registro exacto, pero al margen de todos los cachivaches, mobiliario, adornos de bazar, mesillas repletos de cualquier cosa imaginable, la biblioteca de libros ilustrados (colecciones de museos, exposiciones temáticas, biografía ilustradas, monografías, ensayos sobre pintores), debe tener algo así como mil 200 volúmenes; la otra, la del salón interior, donde están la literatura, los libros de teoría (lingüística, historia, algo de sociología), los volúmenes de poemas, los diccionarios, debe superar los mil quinientos.
Ahora hay que reacomodar todo: ese desastre organizado que se fue colocando a lo largo de los años, y que descolocados en un par de jornadas, ahora está esparcido en baños, sobre las camas vacías, sobre mesas que amenazan con dejarse vencer por el peso. Por ejemplo hay un catálogo de pinturas del músico griego Vangelis que bien pesa sus 10 kilogramos, no menos que la caja con las reproducciones y el mamotreto monográfico de Basquiat, o el enorme libro con la Colección Menil.
Lo de la biblioteca de los libros de formato regular, con la excepción de algunos diccionarios que pesan lo suyo, o los dos volúmenes del Quijote, en la edición del cuarto centenario –ilustrado por Doré–, que no son lo que podemos llamar libros de bolsillo, mejor ni hablar. Hace años que llenaron las estanterías y se han ido acumulando en dobles filas, o en pilas que han aumentado en tamaño y se mecen peligrosamente ante una ráfaga de viento.
Lo primero es desempolvar aquello y luego ver cómo reorganizar aquello que, me ufanaba –vanamente– era mi desorden organizado.
Para cuadros y cachivaches varios hay una serie de fotografías que tomé previamente y me servirán de guía; de paso me servirá para deshacerme de no pocas cosas que pueden ser clasificadas como basura vil –Diógenes no podía estar más orgulloso de su pupilo; lo del síndrome del cínico y lo que parece un contrasentido con casa-barril ya lo dejamos para mejores ocasiones–; por ejemplo me deshice de un pequeño cuenco con un helecho que, según mis cálculos, murió hace no menos diez años.
Mirando con desesperación una habitación donde se apilan en el suelo miles de libros de todos los tamaños, temas y formatos, aparece como una especie de prodigio, o una burla cósmica, el librito de Calasso; ‘Cómo ordenar una biblioteca’. Dice el insigne escritor, que fue editor y librero, que el asunto es “altamente metafísico” y asegura que le “sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado”. Bonito consuelo, saber que Kant, benditos sean los cielos, no se encargó de hacer incomprensible lo que ya suena a trabajo de Heracles.
Busco, en mi desesperación, soluciones. la primera, dedicar lo que resta del año, para ver si puedo reacomodar ese desastre. Hay soluciones más expeditivas y, supongo más prácticas: poner una librería de viejo y rematar todo; invocar a un Savonarola moderno, que sobran, para que declare mis libros impíos y venga a armar una de sus famosas hogueras de las vanidades.
Suena salomónico pensar en donar mis libros a una universidad, donde nadie va a leer nada –ya casi nadie lo hace–, pero que seguramente tendrán una bodega donde tanta sabiduría reunida sirva como criadero de arañas y otros bichos, mientras yo me declaro un iletrado y un minimalista.
Y pensar que hay gente que pierde el sueño porque ya no alcanzó a conseguir boletos para no sé qué concierto rascuache de los que les organizan año con año, justo para que nadie tenga que preocuparse de tener que volver a comprar un libro (menos leerlo y, lo más complicado, ver dónde meterlo) en toda su vida.
Lo bueno, insisto, es que apareció el Gompertz (¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos. 2012).
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