Problemáticas en México
Parecer que gobernamos bien puede resultar más importante que gobernar bien.
Estamos inmersos en muchos problemas, lo que es natural en toda democracia y en toda sociedad.
Tenemos aquí Jalisco con un problema hídrico muy fuerte, pero también con el comportamiento desproporcionado de las fuerzas policíacas y una infinidad de problemas, lo que me lleva a reflexionar acerca de la prisa por parecer exitoso. Y conviene decirlo desde el principio. No necesitamos inventar un pasado maravilloso para conocer los problemas del presente.
Hubo corrupción, desigualdad, abuso e instituciones deficientes. Pero también hubo instituciones, programas y políticas públicas y contrapesos que merecen ser evaluados por todo lo que aportaron.
No simplemente destruirlos porque pertenecen al pasado, ese pasado que le han denominado neoliberal, desde una perspectiva ideológica confusa. El problema de nuestro tiempo, sin embargo, es más profundo. Vivimos la política de la aceleración. Todo tiene que ocurrir hoy.
Hay que anunciar antes de realizar, celebrar antes de evaluar, proclamar el éxito antes de comprobarlo, y ahí tenemos todas las obras faraónicas. Las redes sociales, por su parte, y la comunicación instantánea han convertido buena parte de la política en una competencia por controlar la percepción. Y entonces, surge una peligrosa confusión.
Parecer que gobernamos bien puede resultar más importante que gobernar bien. Pero hay algo que la propaganda no puede acelerar, las consecuencias. Una institución tarda años en construirse y puede deteriorarse silenciosamente, y lo más grave, puede prostituirse.
La confianza pública puede perderse poco a poco. La deuda puede crecer sin que sus efectos sean inmediatamente perceptibles. Y las decisiones populares que hoy pueden convertirse en las obligaciones dolorosas del mañana.
Por ejemplo, HR Ratings redujo de DDD + a BBB la calificación soberana de largo plazo de México. El argumento es el deterioro persistente de las finanzas públicas y menores perspectivas de crecimiento.
Hacienda, desde luego, por su parte, defiende su proceso de consolidación fiscal y los medios proyectados para fortalecer ingresos, inversión y productividad. Podemos discutir quién tiene razón, porque eso es precisamente la democracia. Lo que no deberíamos hacer es cancelar los datos porque contradicen nuestras convicciones.
Ni el gobierno posee toda la verdad, ni la oposición posee toda la razón. Necesitamos recuperar algo más importante, se llama responsabilidad.
Responsabilidad significa decir cuánto cuesta lo que prometemos, reconocer cuándo nos equivocamos, aceptar los datos incómodos, preservar las instituciones, aunque limiten nuestro poder, preguntarnos quién pagará mañana aquello que se decidió hoy.
Porque la verdadera disyuntiva de nuestra patria ya no es solamente entre la izquierda y la derecha, gobierno y oposición, pasado y presente. es otra. Propaganda o verdad. Popularidad o responsabilidad. Éxito inmediato o futuro sostenible.
México no necesita regresar al pasado, necesita aprender de él, corregir el presente y dejar de hipotecar el futuro. Porque gobernar no es apropiarnos del tiempo que nos corresponde, es recibir temporalmente un país que también pertenece a quienes vendrán después.
Y aquí comienza precisamente la ética pública. En comprender que el futuro, aunque todavía no vote, también tiene derechos. La velocidad puede fabricar percepciones de éxito, pero no puede borrar las consecuencias de las decisiones públicas.
Tenemos un problema de liquidez fuerte en el país y no hemos logrado una política pública de la economía nacional. Los fideicomisos se acabaron. Las prebendas siguen circulando. La ideología pretende instaurarse a través de la frecuencia mediática de las narrativas.
Pero, las urnas del 2027 son la fuente que puede dar un nuevo rostro a nuestra nación.
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