Morirá mi recuerdo de mi abuelo
Pronto entendemos, quienes vemos el filme, que estamos ante el final del Universo
No sé bien por dónde comenzar; quizá diciendo que la combinación de Stephen King, Walt Whitman, la cinta que no acaba por editar Terrence Malick, una charla remota con Sada (quien tiene 15 años de muerto) y otros peregrinos asuntos no es tan descabellada como suena; como no lo es ver una escena apocalíptica, donde dos, un día esposos y en ese instante quizá los dos últimos habitantes del mundo, ven con un terror sereno como comienzan a apagarse las estrellas. En el último diálogo, ante la llamada consumación de los tiempos, se dicen amarse. Fin… de la primera parte (que en realidad es la tercera).
Todo comienza en un salón de clases, cuando un alumno lee el canto LI del ‘Canto a mí mismo’ de Walt Whitman, que reconozco de inmediato; fugazmente pasa por mi cabeza aquello de “No hay en mi cuerpo una pulgada vil;/ nobles son todos los átomos de mi ser…”, mientras el chico, ante la mirada atenta de su profesor, lee pausadamente aquello de: “¿Me contradigo?/ Pues bien, me contradigo/(soy inmenso, contengo multitudes).”
Luego sigue una serie de calamidades, que se nos presentan de una manera extrañamente serena: terremotos en California (que se desgaja de la masa continental y acaba desapareciendo); incendios, erupciones, sequías, incluso un volcán que aparece en algún lugar de Alemania; pronto la Internet deja de funcionar; la televisión analógica aguanta unas semanas hasta que se extingue la señal; sigue la telefonía. En algún punto Carl Sagan, sí ese Carl Sagan que puso a los de mi generación a ver el cielo, explica las edades del Universo, según un calendario donde apenas ocupamos, los humanos, los últimos minutos del 31 de diciembre.
Pronto entendemos, quienes vemos el filme, que estamos ante el final del Universo; que el apocalipsis es una noche serena, se ve cuando el maestro de antes, camina en una ciudad a oscuras (la electricidad también se ha ido), para ver a su ex esposa, quien le espera en el porche de una casa. Juntos comienzan a ver que las estrellas comienzan a extinguirse. Podría uno ponerse grandilocuente y decir, como Shakespeare al final de Hamlet, que lo demás fue silencio, lo que no es necesario porque tras unos segundos de fundido en negro, se abre la pantalla y vemos a Charles Grantz, de estricto traje, gafas y porfaolios de piel, caminando en una calle repleta, hacia donde una chica negra recién comienza a tocar su batería.
¿Quieren ver en qué acaba el cuento? ¿De qué trata? Pues pueden ver ‘La vida de Chuck’, la película de Mike Flanagan de la que estoy hablando, que vi justo porque en algún lugar encontré la escena de la batería y pensé que el filme valía la pena, sin imaginarme que estaba ante una obra maestra –espero decir lo mismo del filme que Malick tiene seis años editando, que sé que trata de una vida de Jesucristoy que, de ser finalmente liberada, lleva el nombre de ‘El camino del viento’ (con Géza Röhrig como Jesús y con sir Mark Rylance como el mismísimo chamuco).
Claro que no voy a hacer la exégesis del filme (del de Flanagan; el otro no lo he visto), pero sí de que es, al fin de cuentas Whitman no es gratuito, de un gran canto a la vida, lo que resulta extraño tratándose de un relato corto de Stephen King, a quien asociamos a novelas y filmes de terror, que yo no veo, porque para sustos ya tengo suficientes con nuestras autoridades, los criminales, la administración Trump y otras calamidades nada ficticias.
Sada lo elogiaba como uno de los grandes escritores de nuestros tiempo; al margen de su ‘Resplandor, ‘Carrie’ y otros escalofríos asociados a su nombre, tiene un filme que según varias encuestas, sería el mejor de la historia (basado en su novela ‘Ryta Hayworth y la redención de Shawshank’, que aquí se proyectó como ‘Sueño de fuga’ (con Tim Robins y Morgan Freeman) y que, según no sé qué votación y qué revista superaría a los Padrinos de Coppola y a no sé cuántos filmes.
“Soy inmenso, contengo multitudes”. Nos habitan universos que mueren con nosotros; pienso que conmigo, llegado el momento –mientras tanto también me celebro a mí mismo y me canto, aunque cante de forma más bien hórrida–, morirá también un Universo y sus estrellas todas; conmigo se irá la helada mañana de febrero del 76, la Nochevieja del 72 y el campanario donde me sorprendió mi madre, esta tarde serena y mi recuerdo del abuelo Emilio, cuya biblioteca me ha venido a la cabeza como de la nada.
Leo, y eso me inquieta, que ya son 154 las niñas iraníes asesinadas por el bombardeo de su escuela, y pienso en que no es cosa menor, ni banal, ni tolerable siquiera, que con ellas se hayan ido tantos soles y tantas lunas.
Si me pregunta si vale la pena la película, que vi el sábado por obra del puro azar, ya le digo que sí, definitivamente sí, sobre todo si a usted le gusta aunque sea un poco la vida. Y sí, Stephen King es un gran escritor, como afirmaba Sada.
Abur.
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