Los que no llegaron

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Llegué a El Salvador para participar en la Décima Conferencia Regional de Trabajo Social y Movilidad Humana en las Américas. Vengo a hablar de las rutas migratorias que recorrí durante años en el sur de México, particularmente en Tapachula, Chiapas, ese lugar donde el mapa del continente parece comprimirse y donde, durante varios momentos de las administraciones de Joe Biden y Andrés Manuel López Obrador, se concentró uno de los flujos migratorios más intensos del planeta.

Tapachula no es solo una ciudad. Es una antesala. Un lugar donde miles de vidas quedan suspendidas mientras esperan un documento, una cita o una decisión burocrática que a veces tarda meses y otras nunca llega. Allí aprendí a mirar la migración no como estadística, sino como geografía humana: cuerpos que avanzan, historias que se interrumpen, trayectorias que cambian de dirección sin previo aviso.

Por eso, cuando salí del aeropuerto de San Salvador, lo primero que me sorprendió fue el paisaje. El país parece rodeado de gigantes. Los volcanes obligan a levantar la mirada, como si la tierra misma recordara que aquí la historia se mide en erupciones y silencios largos. El aire trae un olor particular, una mezcla de humedad tropical y comida cocinada con leña, mientras los puestos de agua de coco aparecen uno tras otro al borde del camino.

En ese trayecto pensé en muchas mujeres salvadoreñas que conocí en las rutas migratorias del sur de México. Mujeres que cargaban mochilas ligeras y una determinación difícil de explicar con palabras. Al verlas ahora aquí, caminando por las calles de su propio país, entendí algo que antes solo intuía: caminan con una fuerza extraordinaria, pero también con heridas que no siempre se ven.

Le pregunté al conductor del taxi si realmente habían sentido cambios en la seguridad tras las políticas del gobierno. Respondió que sí. Lo dijo con una seriedad casi ceremonial y no añadió nada más. En ese silencio entendí que hay experiencias colectivas que no se narran fácilmente: décadas de violencia, de pandillas, de miedo cotidiano, no se convierten de pronto en anécdota.

Mientras entrábamos a la ciudad apareció algo que me detuvo.

En varios pasos a desnivel había anuncios de una campaña de la Cruz Roja titulada “Reempezar”. Fotografías y mensajes dirigidos a quienes regresaron después de intentar migrar.

Ese tipo de anuncios no aparece en Monterrey.
No aparece en Guadalajara.
No aparece en la Ciudad de México.
Pero aquí sí.
También en Guatemala.
También en Honduras.
Porque en gran parte de Centroamérica la migración no es una discusión política: es parte de la vida cotidiana.

Las imágenes hablaban de quienes regresaron después de haberlo perdido todo. Dinero, años de vida, salud, a veces un brazo o una pierna atrapados en el tren al que en México llaman La Bestia. A veces un familiar que desapareció en el camino.

Durante décadas se ha contado la historia del migrante que logra cruzar la frontera, prospera y envía remesas a su familia. Esa historia existe. Pero también es incompleta. Entre quienes parten y quienes logran llegar existe un territorio mucho más amplio: el de quienes quedan en medio.

Los que no obtuvieron asilo.
Los que fueron deportados varias veces.
Los que regresaron con deudas imposibles de pagar.
Los que quedaron atrapados durante años en ciudades fronterizas esperando una oportunidad que nunca llegó.
Son millones.

Y, sin embargo, casi no aparecen en el relato público.
Tal vez porque las sociedades prefieren las historias de éxito.
Tal vez porque reconocer a quienes no lo lograron implicaría aceptar algo más incómodo: que el sistema migratorio del continente no solo produce movilidad, también produce abandono.

Mientras observaba los anuncios de “Reempezar”, pensé que esos carteles dicen algo que rara vez aparece en los discursos políticos: la migración no termina cuando alguien cruza una frontera, sino cuando logra reconstruir su vida.

Y para muchos esa reconstrucción nunca llega.

Por eso, cuando hablamos de migración en las Américas, no deberíamos pensar únicamente en quienes lograron llegar, también deberíamos pensar en los que no llegaron. Porque son ellos quienes cargan, en sus cuerpos y en sus historias, el verdadero costo humano de la movilidad en nuestro continente.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, BI Noticias las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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