Los lazos que no tejimos

Edgar Guerra

La pregunta relevante no es solo cómo operan los grandes capos, sino cómo terminan tantos jóvenes integrando esas filas

Edgar Guerra

El reciente operativo contra un grupo criminal en Tapalpa, Jalisco, volvió a colocar el foco de la discusión en los liderazgos y el poder que ejercen las organizaciones criminales en México. Sin embargo, más allá de estos temas, sin duda relevantes, en los hechos hay una situación que debería inquietarnos más: la presencia constante de jóvenes en los grupos armados. En efecto, la pregunta relevante no es solo cómo operan los grandes capos, sino cómo terminan tantos jóvenes integrando esas filas.

En México solemos hablar de desigualdad económica: de la concentración de la riqueza, de la pobreza persistente y de la brecha entre quienes más y menos ingresos tienen. Pero hay un problema menos visible y quizá más grave: la dificultad real para que una persona mejore sus condiciones de vida respecto a las de su familia de origen. Es decir, la baja movilidad social.

Diversos estudios muestran que en nuestro país las trayectorias económicas y educativas tienden a repetirse. Quienes nacen en hogares con bajos ingresos tienen altas probabilidades de mantenerse en esa misma situación durante su vida adulta. Esto significa que el acceso a mejores empleos, mayor educación o mayores ingresos no depende únicamente del esfuerzo individual, sino del entorno en el que se crece.

Aquí resulta útil el más reciente trabajo del sociólogo Patrick Inglis, quien, en su libro Lazos fuertes, lazos débiles. Experiencias de movilidad social en un país desigual analiza historias concretas de personas que lograron —o no— modificar su trayectoria social. Su hallazgo es conceptualmente decisivo: la movilidad no ocurre en solitario. No basta con “esforzarse”. Para que alguien acceda a nuevas oportunidades necesita redes de apoyo, instituciones que funcionen, mentores, escuelas de calidad y vínculos que conecten con espacios sociales distintos a los del propio barrio o comunidad.

Cuando esas conexiones existen, las posibilidades se amplían. Cuando no existen, las opciones se reducen drásticamente.

En este contexto aparece una idea incómoda: en ciertos territorios del país, el crimen organizado no solo opera como actividad ilegal dedicada al tráfico o la extorsión. También cumple funciones de integración para jóvenes que no encuentran alternativas claras en el mercado laboral formal o en el sistema educativo.

Las organizaciones criminales ofrecen ingresos inmediatos, sentido de pertenencia, reconocimiento dentro del territorio y una estructura de jerarquías que promete ascenso interno. Esto no las legitima ni minimiza la violencia que generan. Pero ayuda a entender por qué pueden resultar atractivas o viables para algunos jóvenes en contextos donde los empleos formales son escasos, la educación es de baja calidad y la presencia del Estado es intermitente.

Es importante aclararlo: no todos los jóvenes que ingresan a estas organizaciones lo hacen buscando mejorar su situación económica. En muchos casos hay amenazas, presión directa y coerción. Además, la mayoría de los jóvenes en contextos de pobreza no participa en actividades delictivas. Sin embargo, cuando las oportunidades legales para estudiar, trabajar y progresar son limitadas, la vulnerabilidad frente al reclutamiento aumenta.

El problema no es que los jóvenes “prefieran” la ilegalidad. El problema es que en determinadas regiones las instituciones formales —la escuela, el mercado laboral, el propio Estado— no están ofreciendo trayectorias claras, sostenidas y accesibles de mejora económica y social.

Por eso la discusión sobre seguridad no puede limitarse a capturas y operativos. También debe incluir una pregunta más estructural: ¿qué tan posible es para un joven de bajos ingresos acceder a educación de calidad, empleo estable y redes que le permitan ampliar sus oportunidades?

Si esas rutas no son reales ni visibles, otras ocuparán su lugar.

La disputa de fondo no es únicamente por el control territorial. Es por las trayectorias de vida. Como sugiere Patrick Inglis, la movilidad depende de la calidad y amplitud de nuestros lazos: cuando los vínculos que conectan con otros mundos se debilitan, las oportunidades también.

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

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