La generación a la que le prometieron demasiado
Hemos tratado el progreso individual como una responsabilidad exclusivamente personal, olvidando cuánto dependen las oportunidades de las condiciones económicas, las instituciones y las decisiones políticas.
En 1958, el sociólogo británico Michael Young publicó una novela que contenía una advertencia sobre el futuro. Imaginó una sociedad en la que el talento y el esfuerzo determinarían el lugar de cada persona. La llamó meritocracia.
Casi medio siglo después, Young lamentó que los políticos hubieran convertido su sátira en un ideal. Había imaginado un sistema donde los privilegiados terminarían convencidos de merecerlo todo y quienes quedaran atrás cargarían, además de sus dificultades, con la culpa de su propio fracaso.
La palabra sobrevivió al autor. Su advertencia, aparentemente, no.
Durante generaciones, millones de familias educaron a sus hijos bajo una promesa: estudiar, prepararse y trabajar permitiría alcanzar una vida mejor. Aquella convicción sostuvo aspiraciones legítimas y abrió oportunidades reales.
Pero ninguna promesa individual puede sostenerse indefinidamente sobre condiciones que la contradicen.
Hoy, millones de jóvenes enfrentan dificultades para conseguir empleos estables, acceder a una vivienda o construir una vida independiente. Han cumplido con buena parte de lo que sus sociedades les exigieron y comienzan a preguntarse por qué el futuro continúa alejándose.
En distintos lugares del mundo, esa frustración está encontrando expresiones políticas.
El 1 de noviembre de 2024, una marquesina ferroviaria se desplomó en Novi Sad, Serbia. Dieciséis personas murieron. Los estudiantes salieron a exigir justicia por una tragedia que puso bajo sospecha la corrupción y la responsabilidad de las autoridades.
Casi dos años después, aquel movimiento participará en las elecciones parlamentarias del próximo domingo. Sus integrantes han recorrido un camino extraordinario: comenzaron exigiendo respuestas y ahora pretenden transformar las instituciones que deberían proporcionarlas.
En Nepal, la prohibición de varias redes sociales desató protestas juveniles que terminaron precipitando la renuncia del primer ministro. Detrás de aquella medida había años de inconformidad por la corrupción, los privilegios y la escasez de oportunidades.
En Madagascar, las manifestaciones comenzaron por la falta de agua y electricidad. Pronto se extendieron a cuestionamientos sobre el gobierno y su capacidad para responder a necesidades elementales.
Sería equivocado atribuir estas movilizaciones a una causa única. Pero sus diferencias permiten observar un fenómeno compartido: cuando las instituciones dejan de ofrecer respuestas creíbles, una demanda concreta puede convertirse en una impugnación del poder.
Ahí adquiere actualidad la advertencia de Michael Young.
Durante demasiado tiempo hemos tratado el progreso individual como una responsabilidad exclusivamente personal, olvidando cuánto dependen las oportunidades de las condiciones económicas, las instituciones y las decisiones políticas.
Y cuando esas condiciones dejan de corresponder con las expectativas, la frustración puede trascender la experiencia privada y convertirse en una exigencia colectiva.
Nada garantiza que quienes protestan sepan gobernar mejor. La indignación puede abrir una transformación, pero construir instituciones justas exige mucho más que reemplazar a quienes las dirigen.
Serbia está por enfrentar precisamente esa prueba.
Michael Young imaginó una rebelión contra una sociedad que había terminado justificando sus desigualdades en nombre del mérito. Sesenta y ocho años después, una nueva generación parece estar formulando una pregunta semejante desde las calles.
Quizá le prometimos demasiado. O quizá está comenzando a exigir que las promesas dejen de sustituir a las oportunidades.
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