Hágase constar que el acusado… (Cosas de familia)

Agustín Morales

–Bajo el nombre falso de Cantinflas…

Agustín Morales

Personaje sin, pero no: llamábase, antes de, pero no allí, Agustín (pero Isunza, de los Isunza de…), ciertamente, pero según consta, en el acta o donde tenga que constar, se le conoce ad perpetuam (como quién dice que no se sepa y por los siglos de los siglos. Amén) como el Señor Agente del Ministerio Público. Encarnación en blanco y negro de la autoridad: no tiene nombre, lo que no quiere decir que sea innombrable. En algún momento del celebérrimo juicio, el Señor Agente (que se sirve de interrogar al acusado, que no lo es, o no debería), interpela al interpelado:

–Usted señor mío…

–Yo no soy nada suyo… –contesta el alias.

–Bajo el nombre falso de Cantinflas…

Hasta aquí el campaneo, el citadero, el recuerdo ulterior –¿adulterado? ¡No creo! Como que lo he visto con estos ojos que ahora leen estas frases en enredo–, que por algún lado tenía que empezar: Por el principio, pues: Leo, y escucho. O en orden invertido y todo al revés: primero lo escucho así al vuelo y, nomás por comprobar, voy a la fuente y sí, sí es cierto: que menos bodas, que más divorcios. Debe ser conjuro de mal fario: trece por ciento de personas en adultez (no, los niños nunca, ni modo que…), viven en estas tierras lunares, a ratos lacustres en casas donde uno y nomás: solovinez al tiro. Más vale solo que… Ni perro que les ladre, a menos de que tengan perro.

No lo digo yo, faltábame más: se aprovecha tal certeza estadística, como otras al bies, para decir que la familia y la democracia no están en bonanza. Vale aquí dar algunos pasos atrás, para no ofender: a los demócratas, si queda alguno debajo de un pedregal (cual araña patona que no quiere asoleo), y a los ínclitos e ilustrísimos miembros de pro de grupos de prosapia y procurnia (neologismo canchanchán, para dar lustre a lo más bien umbrío), de esos que se llaman Unión de la defensa a Ultranza de… Usted piense lo que yo le digo: que yo sé lo que le estoy diciendo.

Y como no quiero que, que luego pasa, me vengan conque además de rebeco, profano, descreído (y deslavado, quesque por afán de pintarle jorobas de más al dromedario), acudo a las bíblicas escrituras, para decir que si hoy no, ayer no tanto, ni tampoco.

Que si la bonita historia donde Caín no se acordaba, nomás, dónde dejó, a merced de bíblicos zopilotes, a su hermanito Abel, se entiende que ya en plan bulto; que si el bienamado Absalón armando borlote revolucionario y fratricida para quitarle a David… hasta las ganas de cantar las Mañanitas que cantaba el ídem. Citas bíblicas les dicen a estas hermosas historias del sempiterno amor filial, aunque referencias no tan fugaces, para llegar al a según que más me gusta (matarile rile…): la edificante historia del peludo de Esaú al que el hambre, y la rebecona de su progenitora, la pérfida insoluta de Rebeca, le jugaron al tiro y de manera más bien torcida: como quien quesque vende espejitos a los indios (con perdón de los indios y los espejitos), o aquel que engaña un chino (que más bien se hacía el sueco): que todo lo tuyo es mío y mi plato de lentejas –el tocino nótese ausente y la frialdad del plato– para que se te junte el hambre atroz (de que el hambre era sabio, todavía no se sabía): y ¡tómala! La traición cuca que acabó, al cabo de las eras y harto merequetengue, en el Código Civil (el napoleónico, quiero suponer).

Así que nones, la familia: pero, pues, quien sabe, que de todo debe haber.

Cuénteme esta retahíla de referencias en recua, no para hacer fuchi a la sagrada institución. ¡Cuantimás! (Cuento más) y de una vez al vuelo: ¡Cuantimenos!

Lo que pasa que, exánime en el trafical, no me quedó de otra que ver a un pretenso, en remisión, quesque sí, que me mira desde alturas vertiginosas: un flaco tilico donde antes había un gordito rebosante de… Dice el pretendiente al martirio del servicio público (que es servicio y es pepena, según su mirada ausente: una vocación en la luz de sus ojos), que escribió un libro chicho que tiene aires de adivinanza y profecía (una jeremiada, digamos), y que en ese nos revela el misterio del futuro: ‘El futuro tiene un nombre’. Válgame la Musa y sus desvaríos más bien gachos.

Advertencia quizá sanitaria en ausencia: este libro no es un medicamento, ni un menjunje, ni un nostradamario en ciernes: que lo lea aquel que tenga ojos y un decurrir bembo.

Ahora el salto a lo que nos truje: lo puntual. El señor dice que aquí somos algo así como una gran familia (numerosísima pues, según los datos antes aludidos para dar consistencia a lo que parece más bien blandura fofa). La suya, para más señas de su filantropía apapachadora.

Y aquí el cierre circular del asunto: yo paso: de las familias numerosas, pero sobre todo de ser algo así como su primo, su tío o su tía abuela —luego se dan casos de lo más extraño–. Como dijo el mimo –si es que algo pudo decir-: Yo no soy nada suyo. Y lo que estimo consabido por demás: ni quiero.

Abur.

 

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Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión. 

 

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