El valor de la decencia y la honestidad
En México a los delincuentes les cantan y les llevan flores
Hay algo llamativo en la coreografía que acompañó el entierro del famoso Mencho hace unas semanas, ilustrada en los cientos de arreglos florales que llegaron, los mariachis que entonaron las golondrinas o los rosarios uncidos a las manos de las mujeres que despedían al capo.
No es que sean reacciones inusitadas pues suelen pasar en México y en otros países latinoamericanos pero sí exhiben ciertos rasgos culturales y sociológicos –podríamos decir: antivalores-- que caracterizan a una parte de la sociedad mexicana que no tiene recato alguno, por las razones que sean, en rendir homenaje a un criminal. Seguramente muchos le debían algún favor; otros lo veían como defensor ante abusos de militares o policías; unos más estaban agradecidos porque restauró la escuela, el parque o la iglesia del pueblo.
El episodio, sin embargo, plantea un problema serio que consiste en cómo inocular la pedagogía de que delinquir, matar o robar es malo si, por otro lado, un prototipo de estas conductas es despedido como un ídolo popular. O sea cuales son los valores y principios que guían al mexicano promedio.
La exploración corresponde al terreno de la psicología moral o la antropología social, pero cualquiera que sea la explicación parece que cuando los antivalores se vuelven normales y la frontera entre el bien y el mal es muy borrosa o de plano no existe, entonces se disuelven los fundamentos éticos y cívicos que teóricamente cohesionan a una sociedad y se incentiva a actuar por fuera de un código normativo razonable.
En ese sentido, una limitación casi endémica para la práctica de la legalidad radica justamente en la debilidad de un fundamento esencial de la democracia y de su sistema de valores, que es el respeto que una comunidad sienta, tenga y practique por la ley.
Diversos estudios sugieren que ese respeto es bajo, entre otras cosas porque los mexicanos dicen tener valores positivos en general pero la percepción de incertidumbre en que están inmersos diluye el capital social e incentiva a maximizar el beneficio privado, así sea por mera protección individual. O bien porque asumen que no hay colectivamente incentivos para que el cumplimiento de la ley, con independencia de lo que haga el resto, sea visto como intrínsecamente valioso. Es decir, como “la ley no es pareja”, los que no son poderosos tienen que ingresar a un circuito informal en el que sobreviven como se pueda.
El problema es muy complejo. Tiene que ver con un déficit en la manera como se transmite e internaliza la noción y la práctica de la legalidad en los procesos de socialización de los niños y jóvenes en los formadores tempranos que son la familia, escuela, iglesias o los medios.
Pero también se relaciona con una suerte de colapso en el sistema que transfiere valores mediante el efecto imitación. En los países con mejor desempeño en la cultura de la legalidad, por ejemplo, hay un rechazo hacia los que han cometido delitos no solo porque es la posición correcta como comportamiento moral sino porque se cree que los autores se han robado bienes -los recursos públicos, por ejemplo- que pertenecen al conjunto de la comunidad.
En países desarrollados a esos se les excluye, pero en México no: aquí a los delincuentes les cantan y les llevan flores.
Seamos sinceros: ni la mejor legislación ni los controles efectivos ni las políticas punitivas serán suficientes para reducir este problema si no se socializa que la decencia y la honestidad deben ser un sistema natural de vida.
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