El régimen (militar)
La verdad es que suelo, serlo, eso de disciplinado, en días hábiles
Quienes tienen la fortuna (bueno o mala, cada quien dirá) de conocerme, saben que soy una persona de disciplina casi espartana; quienes me conocen más a fondo saben de cierto que lo que acabo de decir es una mentira casi digna de que pongan la frase de antes, la de la disciplina, impresa, con mi foto (retocada hasta la falsificación), una sonrisa postiza y una mirada luminosa (si se puede, ya metidos, que me quiten las ojeras de lechuza que tengo desde tiempos inmemoriales), todo en un espectacular callejero cual político en campaña (anticipada).
La verdad es que suelo, serlo, eso de disciplinado, en días hábiles: hago ejercicio de manera regular, cuido lo que como, bebo con moderación, y me conservo en el mismo peso desde hace tres décadas; en días inhábiles la cosa cambia, y bastante: me doy a la molicie de la fritanga y no desprecio un buen tequila, un buen mezcal o una dotación generosa de vino.
Lo que es cierto es que desde hace muchos años, en aras de limitar los excesos y de evitar sus efectos perniciosos, comienzo los años con un período de rigurosa abstinencia, de control en el consumo de garnachas y demás delicias, y con un régimen alimenticio equilibrado. De ese régimen es el que hablo, lo de militar fue un gancho para ver si puedo agregar despistados a mis escasos diez lectores; soy poco dado a la admiración por lo prusiano, lo marcial, los castrense, lo bélico y esas barbaridades.
Esos períodos suelen comenzar el primero de enero, cual buen propósito de año nuevo y prolongarse como mínimo hasta fines de marzo; debo reconocer y reconocerme que, salvo algún año de despiste, cumplo casi religiosamente con ese compromiso y que alguna vez lo prolongo un mes o do,s y en una ocasión hasta entrado agosto. Pocas cosas tengo que presumir y esa es una de ellas.
Hace cuatro años que aproveché en envión para inscribirme en algo así como una competencia anual que organizan en el lugar donde me ejercito. Se trata de un certamen básicamente de disciplina, temperancia y persistencia en tres modalidades: bajar de peso para los… iba a decir gordinflones, pero creo que la cancelación me obliga a no incurrir en eso que llaman gordofobia (y que sufrí en días ya remotos en que yo mismo tuve sobrepeso); crecer la musculatura para los fanfarrones (creo que todavía no es políticamente incorrecto escribir tal cosa): y definición muscular, que es como sinónimo de quedarse en los huesos. Adivinarán que mi pantano es de la última modalidad. Luego, claro, el asunto se divide en sexos y grupos de edad, correspondiéndole competir en la categoría masculina y en el grupo de los adultos ya mayorcitos.
El asunto es que me inscribo, dejo de beber, me pongo a dieta, hago ejercicio con la intensidad que los achaques me permiten, me someto al sabio concurso de los nutricionistas y, gracias a esa disciplina de la que hablaba antes, he ganado los tres años precedentes. Acabo tan cansado, tan hambriento y con tal síndrome de abstinencia eremítica, que luego de recibir la medalla y el diploma (y poca cosa más), que juro que ya está bien, que ya estoy grande para tales sacrificios, que ya es hora y etcétera.
Lo que pasa es que yo hasta ahora no había ganado en ninguna competencia deportiva (gané una carrera de natación cuando cumplí 15 años, pero me descalificaron y me retiraron el triunfo), y ya me gustó eso de andarme subiendo al podio –ni que fuera el podio olímpico.
Lo cierto es que tras tres meses y medio largos, ahora estoy en esa etapa de agotamiento y hambruna previa a los pesajes finales –que son esta semana, benditos sean los cielos–, que creo que ya es hora de, gane o pierda colgar los guantes o lo que tenga que colgar. Orgulloso de mi disciplina pretérita, me daré a la perdición del taco, el sope, la gordita de chicharrón y a todo lo que he renunciado en aras de… de no sé bien qué.
Para no desviarme de mi propósito de ser un gordito feliz y despreocupado, ya hasta me mandé comprar hacer, de unas cortinas estampadas que estaban arrumbadas en el trastero de casa, unas túnicas amplias con la saque me vestiré en adelante, renunciando a la tiranía de la cintura 29 y las camisas de talla pequeña; me dejaré la barba, de nuevo el pelo largo y me dedicaré a ir por la vida como si fuera la encarnación de Demis Russous –nomas sin cantar, que entonces se me caerá el teatrito.
Ya en ese tenor igual me pongo serio y hasta me dejo de escribir estas cosas y me convierto en un comentarista agudo de los temas de gran actualidad, como las magistrales clases de historia de la señora presidenta.
Por lo pronto se les acabó el vigoréxico y abur.
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