El canciller y nuestros muertos
Cuando un mexicano muere bajo custodia de otro Estado, no estamos hablando solamente de migración sino de la obligación del Estado mexicano de defender la vida de sus ciudadanos
La llegada de un nuevo canciller siempre abre una pregunta de fondo: qué tipo de relación exterior quiere encabezar México. Y en este momento esa pregunta no es menor, porque Roberto Velasco llega a la Secretaría de Relaciones Exteriores en medio de una relación compleja con Estados Unidos, marcada por presiones en seguridad, migración y comercio.
Pero hay algo que conviene decir desde ahora, la Cancillería mexicana no puede seguir apareciendo sólo cuando Washington fija el tono, pone la exigencia o marca la prioridad. No puede ser que siempre nos manifestemos para responder a lo que Estados Unidos quiere, pide o presiona, y casi nunca para colocar con la misma fuerza lo que México quiere respecto de sus nacionales.
Y hoy hay un tema que exige justamente eso.
Otro mexicano murió bajo custodia migratoria en Estados Unidos. Se llamaba Alejandro Cabrera Clemente, tenía 49 años, y falleció el 11 de abril. Con este caso, ya suman quince connacionales muertos en centros de detención o en el contexto de operativos migratorios estadounidenses, eso ya no puede tratarse como una nota aislada, eso ya es una señal política, diplomática y moral.
Porque cuando un mexicano muere bajo custodia de otro Estado, no estamos hablando solamente de migración, estamos hablando de la obligación del Estado mexicano de defender la vida y la dignidad de sus ciudadanos más allá de la frontera. Y ahí es donde el nuevo canciller tiene una oportunidad, pero también una responsabilidad.
Su entrada tendría que servir para fijar una postura más clara. Más firme. Más propia.
No basta con administrar la relación con Estados Unidos, no basta con cuidar el tono, no basta con sostener llamadas cordiales mientras del otro lado siguen muriendo mexicanos encerrados en un sistema migratorio cada vez más duro. La relación bilateral no puede medirse sólo por la capacidad de cooperación en seguridad o por la disposición para atender reclamos ajenos. También tiene que medirse por la capacidad de México para decir: aquí están nuestras prioridades, aquí están nuestras líneas, aquí están nuestros muertos, y aquí están nuestras exigencias.
Porque si cada vez que México habla con Estados Unidos el centro son sus preocupaciones, sus condiciones y sus demandas, entonces algo está profundamente desbalanceado.
La Cancillería mexicana tendría que aprovechar este inicio para mover el eje, para dejar claro que la defensa consular no es un trámite secundario, sino una prioridad política, para exigir información, seguimiento, condiciones dignas y responsabilidades, y sobre todo, para recordar que los mexicanos en Estados Unidos no pueden seguir siendo vistos sólo como variable migratoria, mano de obra útil o problema fronterizo. Son personas. Son ciudadanos. Y merecen que su país los defienda como tales.
La entrada de un nuevo canciller tendría que notarse justamente ahí: en la capacidad de dejar de reaccionar solamente a la agenda de otros y empezar, por fin, a poner en la mesa la agenda de México.
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