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Todo habrá cambiado para seguir igual

 7 sep 2018

Por: Alan Capetillo

Con más pena que gloria ha comenzado la era parlamentaria de la hegemonía política ‘Lópezobradorista’. Con la instalación formal de sus democráticamente inéditas y flamantes mayoría,s Morena ha dado inicio institucional a la tan estrafalariamente denominada cuarta transformación nacional.

Hay que decirlo con claridad, el debut de nuestros nuevos legisladores no ha sido muy prometedor: Lenguajes, rostros y prácticas viejas; aspavientos bochornosos y gritos de colectiva enajenación, contradictoras y desvergonzadas mayorías en abierto contubernio con la más cínica prostitución política; y una patente esterilidad intelectual y discursiva en las minorías, han dado -en apenas un par de días- sobradas evidencias de la impotencia institucional y cultural de la política mexicana -y en ese sentido de todos los partidos- para proponer y empezar a construir un parlamentarismo moderno y auténticamente republicano. Es decir, un espacio -de decoro- para el debate frontal y autentico, pero civilizado –es decir racional-, de la diversidad de intereses y visiones de mundo que al menos en la teoría deberían representar los parlamentarios mexicanos.

Esto es un problema histórico. Contrario a lo que comúnmente puede verse en el llamado primer mundo este país adolece las condiciones culturales, institucionales y hasta arquitectónicas necesarias para inducir un auténtico y digno debate parlamentario. Y es que en la historia del presidencialismo mexicano se pensó siempre el espacio legislativo en la lógica de los monólogos y los soliloquios individuales que, cargados de una muy ridícula concepción de la oratoria política como teatralidad, encontraron siempre su máxima expresión en los hoy aparentemente olvidados informes presidenciales.

Así pues, nuestra obsesión por las innecesarias tribunas, con el tlatoanismo que ellas significan -en el poder de quien lleva la voz-, dio como consecuencia la edificación de anfiteatros legislativos que, como San Lázaro y en cierta medida también el Senado, no están pensados para el debate, sino para la cómoda y por muchas décadas pasiva expectación del ritualístico monologo político mexicano. Pasiva expectación –paradojas y karmas de la vida- quebrantada por primera vez por Porfirio Muñoz Ledo en aquella, hoy casi mítica, pero en aquel momento impensable, interpelación a Miguel de la Madrid.

Degradación parlamentaria iniciada en aquel momento y mantenida en el tiempo por orejas de burro, interpelaciones, gritos, porras, consignas, mantas, tomas de tribuna y los hoy ya clásicos noroñasos tan triste y pintorescamente comunes en la vida parlamentaria mexicana. Y bueno, la reiteración se vuelve costumbre, la costumbre cultura y eventualmente sentido común, dado por consecuencia que la inmensa mayoría de nuestros nuevos legisladores asumen –en su esterilidad intelectual- como natural la repetición por imitación de aquello que por años han visto a sus predecesores hacer por televisión y en últimos tiempos por redes sociales, derivándose de ello las bochornosas e indecorosas prácticas parlamentarias que de forma tan patética hemos visto en los primeros días de la legislatura que ahora comienza, y mismas que, para hablar de una autentica transformación, deberán ser erradicadas aunque le resulten cómodas y naturales a los cavernarios instintos de nuestros nuevos representantes populares. Así pues, el reto mayor de esta nueva legislatura será recuperar –o mejor dicho inventar-, sin volver al pasado antidemocrático y monológico un digno y autentico parlamentarismo republicano, pues de mantenerse las viejas concepciones -a la gato pardo- todo habrá cambiado para seguir igual…

 

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