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Responsabilidad social, más que caridad

 4 may 2018

Por: Otto Granados

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Otto Granados



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Es un funcionario público, consultor, académico y diplomático mexicano. Ha desempeñado una extensa c ...



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En los últimos años se ha venido hablando mucho en México acerca de responsabilidad, filantropía y caridad; pero, con notable excepciones, el mexicano rico parece ser poco desprendido.

Por regla general, el sentido de riqueza ha estado asociado en la tradición cristiana al  sentimiento de culpa, se piensa que acumular dinero es mal visto, pecaminoso y que por supuesto impide que el camello pase por el ojo de la aguja.

Pero, esa actitud entra en conflicto con la creencia de que hay que dar porque de alguna manera eso pavimenta el camino de los cielos, de ahí por ejemplo nacen las donaciones a los asilos, los regalos de comida a ciertas instituciones, las contribuciones a personas con capacidades diferentes, o las herencias a la Iglesia. En suma, la caridad como forma de salvación por la vía del menor esfuerzo monetario.

En algunas regiones, particularmente en la Ciudad de México que cuenta con una tradición un poco más liberal, o el norte del país con un sentimiento conservador pero una cultura aparentemente próxima a cierta ética protestante, esa caridad ha sido reenlazada por una mezcla de filantropía y más recientemente por responsabilidad corporativa, de donde derivan las donaciones muy cuantiosas, por ejemplo, a la educación o a la salud, porque se asume que son inversiones buenas para la comunidad.

El problema consiste en como hacer compatible la necesidad de elevar el capital social, el cual se enriquece con la participación voluntaria de los ciudadanos en tareas no lucrativas, y la convicción que la decisión de dar es rentable colectivamente.

En realidad México nunca ha tenido una verdadera cultura filantrópica sino más bien gestos de caridad individual o a veces comunitaria. Las investigaciones del proyecto de filantropía del ITAM, por ejemplo, mostraron hace tiempo que el llamado tercer sector es casi inexistente en México, representa menos del 1% de la población económicamente activa el que participa en él, contra un promedio internacional del 5%. En general sus aportaciones son ineficaces para mejorar la capacidades básica de la población o para incrementar los niveles de productividad social, porque según las encuestas, se concentran básicamente en dar limosnas en la calle, regalar ropa que ya nos se usa, o alimento que sobran o participar en campañas tipo la Cruz Roja.

Aún siendo gestos apreciables, la evidencia sugiere que son preferibles las donaciones para las buenas universidades, la educación de alta especialidad o para financiar proyectos de investigación médica o científica, puesto que tienen una taza de retorno social mucho más considerable, ofrecen soluciones concretas a problemas comunitarios, se pueden medir mejor y tienen un impacto mucho más amplio que las acciones de tipo convencional.

Pero hay una segunda consecuencia relacionada con la meritocracia que se observa en la manera en que se transmite la riqueza, en México parece raro heredar lo bienes a instituciones que no sean parte de los núcleo familiares, lo que impide inculcar en los hijos la cultura del esfuerzo, del trabajo y de los méritos propios, lo que claramente debilita una buena formación ciudadana. Nos falta mucho todavía para ser una buena sociedad coaccionada por méritos y valores.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión