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AMLO, o la apuesta por un México imbécil

 30 abr 2018

Por: José Luis Gómez Serrano

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José Luis Gómez Serrano



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José Luis Gómez Serrano nació en Aguascalientes en 1951. Estudió matemáticas en la UNAM, fue profeso ...



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Resentidos de México, uníos.
(atribuido a ya sabes quién)

En el primer debate 2018 hubo abundancia de ataques y escasez de propuestas; posiblemente el tiempo y el esquema del debate no favorecían un análisis más detallado, que es lo que en última instancia los mexicanos nos preguntamos: si Fulano promete empleo, ¿cómo lo va a lograr?

Naturalmente, los otros cuatro le echaron montón a López Obrador. Para sus adversarios –en realidad, para todo el que no lo sigue- sus declaraciones son vagas, su actitud mesiánica, su pretensión redoblada de que él “es una flor que no se mancha en el pantano”, y la gente que lo rodea crean un blanco fácil: dice que él es muy honesto, pero está rodeado de granujas; en un lado habla del fiscal independiente y en otro dice que lo va a designar, ¿cuál es la verdad?; está ofreciendo el avión presidencial a Trump, haciendo el ridículo y vendiendo lo que no es suyo. Como estas preguntas, se le hicieron muchas a lo largo del debate, tanto de los candidatos como de los moderadores, y optó por no responder. Llegó un momento en que Meade recordó que durante 18 años se AMLO se había dedicado a criticar y a decir que no a todo lo que saliera del Gobierno Federal: “eres tan negativo, que si te desmayas vas a volver en ‘no’, en vez de volver en ‘sí’”, chascarrillo del que todos menos uno se rieron.

Efectivamente, la situación está muy difícil: economía tambaleante, importamos petróleo, violencia, secuestros, saqueos al erario e impunidad; está tan difícil el panorama que los gravísimos problemas de educación, una Sección 22 que añora la época en que le tocaba repartir plazas, sobrecupo en las universidades y degradación de la calidad educativa, todos ellos pasan a segundo término ante los más graves del panorama. Yo creo que los mexicanos nos merecemos respeto y que nuestros Candidatos dediquen tiempo y esfuerzo a hacer un análisis de estos problemas y a convencernos de que tienen una solución. Todos, con excepción del Peje, decían que tenían un Plan A o un Plan B, daban referencias al internet para que podamos considerar a detalle sus propuestas, defendían sus alternativas; al Peje le bastaba su presencia, como si nos estuviera haciendo el favor de una visita, saltándose las propuestas y llegando directamente al Paraíso: cuando yo sea Presidente todos serán honestos porque yo soy incorruptible, daré trabajo a todos, venderé el avión presidencial; más parecía un orate –bastante decrépito- parado sobre una caja de madera en la plaza predicando a los transeúntes, que un candidato serio explicando por qué quiere ser presidente, cuáles problemas resolverá y cómo.

Uno de los grandes problemas de nuestra política es que estando las cosas tan mal, hay culpas para repartir en exceso. A Meade le tocó que Javier Duarte se hubiera robado el presupuesto federal, a Anaya el caso de la nave industrial, al Bronco que rompió una promesa de campaña y dejó la gubernatura, y hasta a Margarita le colgaron las culpas de su esposo presidente. Como todos los partidos han estado en el poder (o están llenos de prófugos de esos partidos), a todos les toca su ración de culpa. Al que le tocó más fue al Peje, por su empeño en presentarse como honesto, siendo que está rodeado de calaña: le cuestionaron a Arturo Romo (del FOBAPROA), Bejarano, Manuel Bartlett (su caída del sistema en 1988), lo retaron a explicar de qué había vivido los últimos 18 años y a que entregara cuentas del presupuesto de MORENA, $3,000 millones, donde tenía a sus hijos, algunos hermanos y su esposa, definición de nepotismo. No contestó a absolutamente ningún cuestionamiento. Sus seguidores presentan esta falta de respuesta como un triunfo: “no cayó en provocaciones”, lo que es una interpretación simplona al hecho de querer tapar el sol con un dedo, como las reiteradas declaraciones de ser incorruptible sin responder a las acusaciones. Al contrario, contestaba con orgullo, con displicencia, negando y despreciando los cargos y revirando con la cantaleta de siempre: “me atacan porque soy puntero”.

El que calla otorga, dice nuestro refrán. Se le acusó y tuvo oportunidad amplia de contestar, no lo hizo; en mi opinión fue por soberbia. A los otros candidatos también les llovió pero contestaron las acusaciones, mostrando respeto por el adversario y más aún: respeto al pueblo, que tiene derecho a saber de qué se acusa y cómo se defienden los candidatos a Presidente. No únicamente en relación a las acusaciones, no hubo sustancia en sus declaraciones: no vi las ideas, no escuché palabras convincentes, no contestaba ni preguntas de sí o no, no daba una réplica a nada, y la cantaleta de “conmigo van a cambiar las cosas” sustituía una y otra vez a toda idea, a toda forma de elocuencia. Como decimos en México, no le subía el agua a la azotea. Después me pasaron un video en donde están los candidatos después del debate, y se ve al Peje bajando del estrado, lentamente, con pasos de viejito, como alguien que ya tiene 80 años o que no goza de buena salud. Yo pienso que no responde porque no se le ocurren las respuestas, no le fluyen las ideas.

Hay contradicciones tan obvias que se vuelven insultantes. El Peje es acusado de que es dueño de Morena, y que tiene fijación en ser presidente. “No aspiro a cargos”, contesta. Denisse Maerker se sorprende y nos representa a todos los sorprendidos: “¿y entonces por qué ha buscado la presidencia en tres ocasiones?” La respuesta es una aclaración de que el Sol no es el Sol, sino una estrella que brilla en nuestro firmamento con luz tan poderosa que opaca a todas las demás estrellas: “yo soy un líder, la gente me sigue, a lo que aspiro es a un verdadero liderazgo”, léase el sol no es el sol pero sigue siendo el sol.

La parte preocupante de esta respuesta es que efectivamente hay mucha gente que lo sigue, para quienes es un líder. Yo entiendo que todos los mexicanos, excepto en Atlacomulco, estemos hartos del PRI y de pasada del PAN, que estemos decepcionados de toda la clase política, estamos tan enfermos que le creemos a cualquier curandero. Aldous Huxley cuenta que Richelieu, cercano su fin y queriendo evitar la muerte, aceptó el remedio de comer excremento de caballo porque tenía propiedades milagrosas. Richelieu era un genio de la diplomacia pero no tenía a su alcance el mundo de información del que disponemos ahora; aceptó el consejo, vomitó y de todas maneras se murió. Nosotros no somos genios de la diplomacia pero tenemos el internet que documenta las felonías de Margarita, el Bronco, Anaya, Meade y el Peje. Tenemos elementos más que suficientes para saber si la cancelación del Aeropuerto es un paso adelante o es mierda de cerdo o de caballo; podemos preguntar si va a congelar los precios de la gasolina también a las compañías extranjeras que la exportan a México; podemos tomarnos la molestia de consultar las propiedades del Peje que Meade encontró en el RPP; podemos ver el documento con que se defiende Anaya. Podemos juzgar a todos los candidatos por lo único por lo único que cuenta, sus actos.

En el debate no escuché propuestas del Peje. Esa historia de que México se vestirá con el blanco manto de la pureza nomás porque él llega a la presidencia, está para broma macabra y no para creerse; pero podemos documentarnos en periódicos, en internet, en el Plan de Gobierno que él plantea. Tenemos elementos para juzgar y no nomás para creer sus palabras. Pero no estamos acostumbrados al análisis, vemos la contienda política con el apasionamiento y la sinrazón con que vemos un partido de futbol, estamos hartos de lo que sucede y estamos dispuestos a hacerle caso al primer curander, o al más insistente, que nos prometa un mundo mejor. Está más que documentado que las masas humanas son guiadas por las emociones, no por la razón, y la apuesta del Peje es a las emociones puras, hacer a un lado el razonamiento, decretar que el presidente de nuestro país viajará en vuelos comerciales, excepto cuando la campaña lo amerite, hablar en el aire y considerarnos a todos como partículas de una masa emotiva, carentes de información y de razonamiento, y por lo tanto estúpidos.

La apuesta del Peje es precisamente ésta: dado nuestro bajo nivel educativo, dado el hartazgo generalizado, la gente aceptará cualquier pretendida solución, siempre y cuando no venga del PRI ni del PAN, y la haga alguien más parecido al pueblo: nada de elocuencia, es mejor ser fósil de la UNAM que tener maestrías en Harvard, no hacen falta cifras ni análisis, las palabras domingueras nadie las entiende, el razonamiento es una serpiente venenosa o una comida indigesta, quién va a leer tantos datos, las noticias adversas a mí son falsas y creadas por la mafia del poder, versión mexicana del fake news. Este retrato hablado refleja la realidad de una buena parte de la población, legítimamente fastidiada, poco educada, pobre, inculta. Refleja también el chiste del cangrejo mexicano, para qué queremos alguien mejor que nosotros, es preferible uno como nosotros. Decía Jorge Espinosa Mireles, de Printaform: “en México hay muchos más pobres que ricos, por eso yo hago computadoras para pobres”. El motivo detrás de esta campaña cubierta por el manto pejiánico será: “en México hay muchos más resentidos, ignorantes, pobres y sin educación que gente con recursos, que lee y analiza los periódicos; hagamos campaña para el primer grupo”.

“Licenciado, ¿y si hacemos de cuenta que todos son estúpidos?”, dice el asesor.

 

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